«La historia de los sin nombre no quiere decir anónima». Reseña

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Sobre aquello se ha escrito mucho más de lo que parece o se quiere que parezca. No puede ser de otra forma. Los hechos, por más piezas de plomo que se añadan, terminan saliendo a superficie. Es lo que ha pasado con que el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 en España fuera respondido con una revolución social. Que no fue la defensa de la democracia republicana la principal causa que animó, por lo menos, a centenares de miles de españoles a oponerse a los militares fascistas. Que tras la corta primavera de la anarquía, al mismo ritmo que crecía el desencanto mayor era el desánimo y menor la resistencia. Recordemos el desplome del frente de Aragón en la primavera de 1938 y la rendición de Barcelona en enero de 1939. Mejor incluso, como le decía Juan, uno de los vecinos de «Can Tunis», a su hijo: «No fui a matar, tampoco a que me mataran. Iba a defender la libertad. Sin revolución, para nosotros, no había guerra, de esa militar, que valiera».

La española fue la última revolución, como ya se ha dicho en varias ocasiones, que tuvo lugar en el continente europeo. Hasta hoy. Se la ha podido intentar ocultar. Se la ha valorado de forma no ya negativa, sino rechazando hasta su propia existencia. Pero el hecho es que siempre está ahí, revoloteando como una sombra por encima de sus enterradores. Hace años, el recién fallecido Jacques Maurice habló de un hilo rojo y negro para entender la pervivencia de las ideas anarquistas que, como los ojos del Guadiana, aparecían y desaparecían al compás de las coyunturas. Ahora Pere López intenta, aunque a la vez se pregunta si merece la pena estirarlo, trenzarlo a partir de la geografía y los habitantes de aquel barrio que nació para que los asistentes a la Exposición Universal de 1929 no tuvieran que soportar el espectáculo de centenares de chabolas y chabolistas.

Pocas veces se ha descendido tan a pie de obra para analizar, con un buen microscopio, el espacio y los rostros de quienes tan arduamente lucharon por un mejorar sus condiciones materiales y morales. Pero además para realizar su sueño igualitario. El momento lo encontraron en el inverosímil verano de 1936 parafraseando el reciente libro de Miquel Izard. ¿De dónde venían sus protagonistas?, ¿quiénes eran?, ¿cómo disfrutaron del breve tiempo durante el que se sentaron, no sólo recogieron las migajas, a la mesa del banquete de la vida?, ¿qué fue de ellos tras la derrota de la revolución y de los demócratas?, ¿están, ellos y su mundo, definitivamente enterrados en las simas del olvido? Las respuestas transitan por las más de cuatrocientas páginas del libro. Desde las primeras en las que desfilan los recuerdos de aquel miembro de «buena familia» que soñó con convertir aquel lugar en otro Mónaco hasta las últimas en las que autor reflexiona sobre los rostros que ha indagado que, concluye, no eran excepcionales sino «protagonistas del montón de aquella Revolución».

El artículo completo en «La historia de los sin nombre no quiere decir anónima».  José Luis Gutiérrez en Cahiers de civilisation espagnole contemporaine, núm 11, otoño 2013.

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