De las barracas a unas casitas bajas (dichas baratas)

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Dos ciudades en la ciudad. Anteayer, ayer y hoy: la Barcelona del dinero, la otras Barcelonas de las gentes, a ratos cara a cara. Nos  hablan, otra vez, de entusiasmo y esplendor, como en aquel 1929. Aquella Expo montada para el privilegio de unos pocos arrasó con  las barracas de los nadie, esparcidas por las laderas de Montjuïc (donde el tenebroso castillo). Eran, decían, «tugurios de hojalata y mal ajustada madera», “un vergonzoso hacinamiento humano  de aspecto deplorable cual aduar africano, donde proliferan bandadas de chiquillos harapientos o completamente desnudos conviviendo en continua promiscuidad”. Un lunar, en fin,  que perturbaba la reluciente imagen de  la emprendedora ciudad de los prodigios. A ellos y ellas,  los barraquistas, los desalojaron con la ayuda de los tricornios. Los pusieron en unas casas bajitas, dichas baratas pero caras. Y en ellas se “acomodaron”. Al poco emprendieron una larga huelga de alquileres. Poco más tarde, en aquel corto verano del 36, se reapropiaron con sus iguales de la ciudad.

Eso, ya lo sabéis algunos, está contado en aquellos “rastros de rostros en un prado rojo (y negro)”. Ahora tan sólo he querido compartir  unas imágenes de aquellas barracas de las que salieron y de aquellas casitas bajas a las que llegaron.

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