Los crímenes sociales. Francisco Casquet, un obrero asesinado

Francisco Casquet García

Francisco Casquet García

Francisco Casquet era uno de las Casas Baratas, vivía en calle 15, en el número 347, con su madre y seis hermanos. La Encarna se acuerda de él, “era un buen mozo, apuesto, de carácter noble y con un gran corazón”, y me explica que tenía un amigo, con la polio(melitis), al que un día le pegaron una buena paliza los del somatén y quiso vengarlo y … lo acabaron matando a él … Al Frasquito, como le conocían, le mató un somatenista, Miguel Albiñana, la tarde del martes y trece de septiembre de 1932.

La prensa va, durante la semana, repleta de “noticias” acerca de aquel homicidio o crimen. Es el cliché, lo que ocurriera en las barriadas extremas de la ciudad era materia siempre de lo penal, de ajustes de cuentas, y nada que mejor lo resuma que la ristra de encabezados de sigue, y sigue, el misterio en torno al crimen de un malhechor anoche en la barriada de Casa Antúnez.

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¿Malhechor, maleante, ladrón?, quizás eran los calificativos más propicios para despreciar más a los “murcianos, jornaleros y analfabetos”. Y depende de las fuentes, desde luego. Al Casquet, por ejemplo, lo detuvo una pareja de tricornios aquel veintinueve de febrero de aquel bisiesto 1932, tras dejar caer al suelo, antes del cacheo, una pistola automática “Guiworf” calibre 6,35 útil para disparar, aunque sin señales de disparos recientes, y un cargador con siete cápsulas. Tenía entonces veintiún años pero carecía de licencia de armas, y por aquella tenencia ilícita le condenaron a seis meses de arresto mayor. Francisco ya estuvo detenido, el 20 N de 1930, ante la fábrica del Prat Vermell, allá en el barrio de las casas baratas, por los escarceos derivados de la huelga general convocada en aquellas fechas. Aquel día le habían reprendido por considerarlo el responsable de romperle al portero de la fábrica su tercerola con la que pretendía parar el asalto de obreros y vecinos de aquellas instalaciones donde unos pocos seguían trabajando, y fueron las parejas de guardia civil que acudieron con una ametralladora quienes se lo llevaron.

Aherrojado, es decir condenado gubernativamente al encierro, como otros muchos, participó en la reunión de presos sociales del 9 de marzo que rubricó aquel artículo, devenido manifiesto, que clamando “por los fueros de la verdad” daba salida formal a la escisión que quebrantaría a la CNT. Francisco no fue el único del barrio que estuvo en aquella reunión en la Modelo. Junto a su nombre volvía a estar el de su compañero y vecino José Gilabert, y aparecía igualmente el de Juan Alonso Campoy.

Juan había sido de los que había trabajado en las obras del metropolitano, y en abril del 31 lo hacía en un pozo de la Travesera a las órdenes de un capataz, Francisco Capell, “de trato despótico, conocido por su carácter irascible y provocador” según consta en la sentencia del tribunal que le juzgó, en junio de 1932, por homicidio frustrado. También se lee que le disparó tres tiros causándole al capataz lesiones que tardaron sesenta y un días en curarse, y todo por responder a sus insultos, amenazas; el sobrino no cree, según le contó su tío, que los capazos de tierra que el capataz lanzó fueran destinados a él sino a otro compañero del pozo al que le hacía la vida imposible pero incapaz de revolverse. Juan fue absuelto, pero ya había estado más de un año en la prisión celular, tiempo de sobra para apuntarse a la huelga de hambre que en señal de protesta iniciaron a principios de septiembre de 1931 contra la tiranía desbordada del director del presidio.

El acta del 14 de septiembre del sindicato de obreros del ramo de la construcción de Barcelona y sus contornos recogía, en letra de su secretario Antonio Brualla, que ayer fue asesinado el compañero delegado del Prat Vermell en las anteriores reuniones. Como acuerdo, la federación local del sindicato se brinda, ante la precaria situación económica de su familia, a sufragar, si lo querían hacer, el entierro y si no a entregarles directamente lo que subiera la ceremonia. Y el entierro se celebró, acudieron unas seis mil personas, y como asegura Encarna, en el cementerio no cabía un alfiler, no faltaba nadie del barrio.

casquet_02_Soli, 16.09.32

La muerte de Casquet los suyos la consideraron un atentado social. Primero, los vecinos. Al tener noticia del asesinato, bastantes se dirigieron soliviantados a casa del matón con el propósito de lincharlo, y le correspondió a la benemérita disuadirlos, pero antes de marchar habían depositado unos cuantos cirios donde su compañero había caído por el disparo de un arma larga. Algunos lo habían visto hacía un rato en el barrio, por el que había pasado para asearse y estar presentable, tras la jornada laboral, en la cita con su novia en el barrio “de al lado”, la colonia Canti; no descuidan, ni mucho menos, que hacía pocos días se las había tenido, y gorda -hasta las manos- con un esquirol de la casa Mateu, la de los hierros afincada en Casa Antúnez, a tocar de la Campsa donde él trabajaba entonces. Fueron a por él, sentenciaron clamando justicia. Luego, también la prensa obrera, y a la cabeza la Soli. Por sus páginas se recogió la voz de la familia y vecinos, la de los presos sociales hasta hace poco compañeros, la del abogado Vilarrodona; también editorializó y colocó en contraportada un recuadro llamando a la asistencia del entierro de “nuestro compañero, vilmente asesinado por los sayones de los enemigos del proletariado”. Ese del que Encarna recordaba que no cabía ni un alfiler, y que reunió a más de seis mil personas, una más que nutrida presencia de los residentes en la barriada junto a los que se desplazaron de otros lugares de la ciudad.

Su muerte fue fruto de la crispada contienda social, del compromiso en ella de Francisco. No se podía considerar un hecho aislado, pues aunque todavía falta para entrar en el bienio negro republicano, la pregunta que corría en los círculos obreros era ¿volveremos a los tiempos de los crímenes sociales? ¿otra vez el pistolerismo patronal?

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Se dirimía todavía lo de la justicia injusta, el doble rasero. Por eso, y porque esa constante parecía una invariante, que le dieron pronto la espalda a la república. Miguel Albiñana, el guardia jurado, que rodilla en tierra acribilló a Casquet fue tras las requisitorias judiciales dejado en libertad. El inductor del crimen, el Pepitu, el propietario de tierras José Munné, tardó, escondido aunque buscado, más de una semana a prestarse a declaraciones, entrando por una puerta y saliendo por la otra. No se contemplaba que el asesinato fue, como se cansaron de demostrar desde las páginas de la Soli, premeditado. Uno de los mozos que participó en aquella cuadrilla de caza al hombre atestiguó en ese sentido, reconoció que cada uno echó a correr por su cuenta campo a través conscientes de su culpabilidad, que llevaban pistolas, escopeta y el rifle que apretó Albiñana, que el amo les chillaba para que lo mataran, que para limpiarse las manos e incriminar a Casquet en la huida le dejaron a su lado una pistola encasquillada. Tampoco contó para la justicia que el Miguel Albiñana ya cargara en su historial con otras tres muertes. Valieron las influencias entre bambalinas de los propietarios, estaba en juego, como alegaban, su legítima defensa.

Doble rasero: unos impunes, los que dispararon a matar, y a los otros, como a la víctima, se les imputa “se proponía robar”. Los vecinos se irritaron por segunda vez, ya no sólo habían perdido a un buen compañero, sino que además sobre él querían echarle el sambenito de ladrón. Ladrón, ¿él?, si era uno más entre todos los de allá: todos forajidos. En todo caso, y como si resonara aquella editorial de la Soli que entre ellos habían comentado, esgrimían que “la sociedad burguesa es culpable de los delitos, y el robo no es un delito sino un acto de rebeldía mal encaminada, un procedimiento revolucionario equivocado y por lo tanto digno de reprobación”. Es probable que discutieran incluso sobre las cualidades del robo y los ladrones, los equivocados, esos que no distinguían entre robo y expropiación, los amargados de la vida, víctimas de la miseria y del hambre, y hasta los degenerados, los casos patológicos arrastrados por su catadura amoral. Casquet no cuadraba, ni por asomo, en esos retratos, y encarrilaban unas “pobres pruebas”, decían con la sorna de la impotencia, para mostrar que fue víctima de la sorda guerra social que sacrificaba a quienes se afanaban por un mundo mejor: su asesinato fue a una hora, las siete y media de la tarde, en la que aún se transitaba por la calle donde ocurrió; por eso algunos vecinos siguieron la escena y la explicaron, por eso otros vecinos oyeron las detonaciones y acudieron. Preguntaban irónicamente, ellos, expertos malhechores, si al campo se iba a robar precisamente trajeado como iba Francisco y a la guay de mirones. No entendían cómo él que iba a robar bien armado, salió corriendo, lo tumbaron por la espalda y no iba armado. La tercera vez que se enervaron los vecinos fue ya cuando el juicio. Había transcurrido más de un año, y el ocho de diciembre de 1933 se dictaron contra Miguel Albiñana, sólo contra él y ninguno más de la cuadrilla, veredicto absolutorio y sentencia también absolutoria; y aquella breve crónica del diario, inserta en el apartado los tribunales de justicia, añade que seguramente será interpuesto recurso por infracción de ley en el veredicto. En la sala, en la que había bastantes vecinos del interfecto, se crisparon los ánimos y hasta intentaron agredir al procesado, y el “agresor” del que había matado a Casquet logró, aunque perseguido, escapar. Así acababa la noticia.

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