La larga huelga por las obras del metro.

El metro y sus obras, el transversal y el gran metropolitano, cuenta, nos han contado, entre los hitos de la memoria de Barcelona. Se desconoce, en cambio, la larga y enconada lucha que mantuvieron más de un millar de obreros entre enero y julio de 1923.  Por aquellas obras,  faenaban en unas penosas condiciones, estaban malpagados  y  eran peor tratados por despóticos capataces.  Respondieron  y se declararon en huelga y, aún con toda la represión con la que toparon, encontraron la solidaridad activa de la Barcelona proletaria. Fueron seis largos meses en los que se expresaron las Barcelonas rebeldes.

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Considerado uno de los emblemas del progreso y de la modernización de la ciudad se elevó a la categoría de acontecimiento social. Por la consabida fuerza de las imágenes, la iconoadicción se recreó en el trajín de aquel fin de año del 24 cuando su alteza, el infante Fernando de Baviera en representación del rey, y el habitual enjambre de autoridades y personalidades de toda ralea, dieron por inaugurado el primer ramal, devotamente bendecido por el cardenal Vidal Barraquer tras descender las escaleras alfombradas de la estación de la plaza de Cataluña.

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Tras los retratos de rigor procedió dar rienda suelta al entusiasmo ciudadano; ya el miércoles, el día después y sin celebridades, se dejó viajar de franco, por lo que cincuenta mil pasajeros, se dice, se rindieron entonando piropos a la belleza de aquella ingeniería urbana, más lustrosa, aunque llegara con retraso, que la de la capital del reino. Los honores y alegrías mayores lo compartieron la compañía promotora de la ambiciosa obra, un conglomerado de industriales y banqueros representados por el conde de Gamazo, presidente accidental del consejo de administración en sustitución del otro conde de Torroella de Montgrí que era el efectivo pero que reponiéndose de una enfermedad excusó su asistencia; y en un segundo plano, sin tanta representación de bombín, la contratista que se embolsó un buen pellizco por la concesión. Los obreros, que tanto habían incordiado y contribuido a retrasar la inauguración, no merecían ningún elogio, al contrario.

Pestaña en aquellas fechas conferenciaba acerca de la dignidad o ética profesional del obrero; el Noi del Sucre, en un mitin convocado precisamente a raíz de la huelga del metropolitano, culpaba a la empresa, en especial a la contratista, la bilbaína Sociedad Obras y Construcciones Hormaeche, de provocar el conflicto por turbios manejos financieros. Pestaña, se reponía del atentado que le tendieron en Manresa y que casi acabó con él, Seguí caería asesinado en la calle Cadena, en aquel mismo marzo sangriento. Las monedas de cambio eran esas, no podían ser otras, no se cruzaban otros piropos.

 

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Ellos no estaban para prodigarse en parabienes, ni para rendirse. Los calendarios y las fechas a marcarse en rojo eran, como todo, distintas. Un viernes, doce de enero, un despido en el pozo tres, en la plaza Cataluña, fue la espita para que mil trescientos obreros se declararan en huelga. El capataz de la brigada, prepotente, se enfureció porque aquel obrero le contestó de malas maneras a sus amonestaciones; cerca, el pozo cuatro, el del Paseo de Gracia esquina Diputación, se encharcó y la empresa que tenía apalabrado aumentar el jornal cuando manara agua no se avino al pacto, por lo que los que allá faenaban abandonaron el pozo sin achicarla. Fue ese día, y por motivos nimios y sin anuncio alguno; podría haber sido cualquier otro, pues imperaba la calma chicha y se incubaba el ambiente propicio. Ya en junio del año pasado, por aumento de jornal, por el abono de las horas extraordinarias y por la readmisión de un compañero injustamente despedido, estuvieron dispuestos a emprenderla.

LV, 13.1.1923

Al poco la huelga fue adquiriendo el grado de envite abierto. Si la lanzaron los adscritos al sindicato de la construcción, no tardaron en sumarse los del transporte, madera y metalurgia, e incluso celadores, y los capataces y encargados afines no les fueron a la zaga. Ante tal perspectiva la federación local de sindicatos pronto reaccionó y puso toda la carne en el asador. En danza estaba la mejora moral y material y también el reconocimiento del sindicato. Era un conflicto con enorme carga de resonancia, de aquellos que recogiendo el malestar de algún sector se multiplicaba ya fuera por su repercusión en la economía urbana, por la reputada combatividad y capacidad movilizadora de los implicados o por los apremios de las circunstancias de la coyuntura; el caso es que servían de espoleta para recrudecer la pugna social y desplegar el contrapoder obrero en un cara a cara virulento. Y aquella huelga, aunque olvidada, lo fue.

La empresa y su arrogante gerencia despreciaba a los sindicalistas, las condiciones de trabajo antes que atractivas resultaban odiosas, los del libre contratados para chulear en los pozos sólo lograban afear más el día a día en los túneles.

De los chasquidos cotidianos surgió la huelga y las quejas, solapadas o no, se tradujeron de inmediato en movimiento reconocible en unas bases mínimas que cualquier obrero compartía. Eran reivindicaciones nada especiales, las propias contra la explotación despiadada. La primera de la lista exigía el reconocimiento del sindicato y sus atribuciones en materia de contratación de nuevos obreros, imponiendo los criterios de las bolsas de trabajo autónomas iba la segunda; seguían las demandas de aumentos de jornal especificados acorde las categorías, los cuales además debían incrementarse el cincuenta por ciento cuando se faenara empapados de agua, se reclamaba y no como papel mojado el cumplimiento del descanso dominical y el cobro omitido de jornal íntegro en caso de accidente laboral. Que se eliminara el destajo, se pagasen las horas extraordinarias, se abonasen los jornales correspondientes a los días de huelga, se readmitiese a los despedidos y se despidiese al capataz, jefe de línea, causante de la huelga al despedir a dos delegados del sindicato, eran las otras condiciones que fijaban los obreros a la empresa para volver a trabajar.

Especial fue la determinación de los obreros que, bien arropados, no auguraban ni paz social en la urbe ni avances de la urbanización por las tripas del subsuelo. El transcurso del conflicto no pintaba nada bien; la empresa se mostraba intransigente a las peticiones obreras y las entradas a los pozos seguían custodiadas por parejas del cuerpo de seguridad.

 

Soli, 27.3.23

Los retenes, autorizados por la asamblea, dedicados al mantenimiento de los túneles, cuidando de su conservación y desagüe con el propósito de evitar cualquier desastre o catástrofe, se retiraron de la tarea por la terquedad de la empresa y el acoso gubernativo, ya que la prudencia, exclamaban, tiene sus límites y la dejadez era incumbencia y responsabilidad de la empresa o de quien les correspondiera exigírselas, y para chantaje o ultraje, replicaban a las acusaciones que recibían, el que padecían ellos. Dispuestos a no cejar en la defensa de sus pretensiones, solicitaron a sus compañeros bomberos que se negaran a trabajar en las bombas de achicamiento de agua. El riesgo de que cedieran los anillos de ladrillos sin cerrar de las bóvedas era preocupante, y los peligros de hundimientos del piso de las calles afectadas no tardaron en advertirse, el más llamativo en la calle Salmerón, donde en algunos tramos el desnivel apreciado a ojo de buen cubero ya alcanzaba el medio metro.

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Ante la magnitud del conflicto, que amenazaba con ocasionar honda perturbación, el gobernador de entonces, Raventós, abría y cerraba sus partes diarios con incesantes muecas de optimismo. Se amparaba, argüía, en las buenas impresiones que se desprendían de los atribulados contactos en que se había visto sumergido tras aquel conflicto inadmisible; por un lado, aplaudía sin rubor las sensateces declaradas de todos los implicados, y después, sin pausa, se arropaba en su justa ecuanimidad intérprete de aquellas necesidades imperiosas de la ciudad que no admitirían demora alguna en una obra de tal envergadura y prestigio. Cada día que pasaba se alumbraba en bien de todos una pronta solución, un acuerdo, en breve, fruto del sentido común y desde su cargo insistía e insistía en lucir su neutralidad ­― exquisita llegó a remarcar, y por escrito, en una nota que se encargó de distribuir a la prensa―. Su estricta imparcialidad, ya que no quería que se le atribuyera inclinación alguna hacia ninguna de las partes en litigio, se guiaba, recalcaba, por el único afán de buscar la avenencia que contribuyera a lograr una fórmula para las difíciles bases de arreglo. Otro tanto sucedía en la alcaldía, con el concejal Rocha a la cabeza, donde la misiva de suavizar asperezas y reducir pretensiones generó más actividad de la corriente por sus concejalías. En el despacho del alcalde llegó a convocarse, tras laboriosas gestiones, una reunión entre los contendientes. El comité de huelga accedió, si bien nada más tomar la palabra dejaba por sentado que su asistencia era una deferencia y nunca una aceptación de autoridades extrañas; fieles a su práctica argumentaron que los intermediarios en el conflicto directo entre capital y trabajo no tenían cabida y luego pasaron a exponer sus reivindicaciones. Los representantes de la patronal, que venían a oír, prefirieron dejar para un posterior encuentro cualquier tipo de respuesta.

La alarma, o la preocupación por los intereses de lo que andaba en juego, cundió y apretó. Tras aquella reunión, a finales de enero, entre tiras y aflojas, se llegó a vislumbrar un acuerdo. En la asamblea obrera dedicada a valorar el desenlace y rendir cuenta de las negociaciones por si procediera reanudar el trabajo se añadieron, sin embargo, otros puntos irrenunciables: despido de los recién contratados que pudiera comprobarse su vinculación al pistolerismo patronal, y eso que algunas voces propusieron que fueran sin remilgos todos los esquiroles, y readmisión de todos los despedidos y liberación de todos los detenidos. No estaban por cejar en su empeño por arrancar mejoras y menos por dejar que algunos compañeros salieran esquilados mientras otros se aprovechaban del río revuelto sin mover un dedo. Se selló la tregua, pero la tranquilidad concertada no llegó ni a los dos meses. La empresa incumplía a la mínima lo firmado: no les suministraba las botas de agua prometidas, apenas se les mandaron dos docenas, y las que les llegaban eran de lienzo que al poco se destrozaban. Al mismo tiempo, los roces nada agradables con los libreños antes que bajar de tono se agudizaron. Ya podían algunos, como el gobernador, rogar por la armonización de los intereses entre patronos y obreros, pero tras una huelga en todo caso se agudiza la confrontación, ya por los choques que se han producido y que no se borran así como así, o porque ninguno de los bandos se repliega en la aparente normalidad con los brazos torcidos. Que los roces permanezcan latentes aunque soterrados es habitual hasta que vuelven a brotar abiertamente.

 

Soli, 28.3.23

La chispa saltó a primeros de marzo. A otro encontronazo con un capataz se le respondió con una huelga de brazos caídos, que se fue propagando sin grandes estruendos. Exigían por las buenas el despido del capataz y la contratista se decantó por echarlos a ellos, primero a la brigada del pozo número uno, luego a la del número cuatro y por extensión a cualquiera que se hubiera significado en la anterior huelga. Y las parejas de guardia civil apostadas de nuevo a la entrada de los pozos se encargaban de impedir que volvieran al trabajo quienes no acatasen los castigos. A las dos semanas, tras una asamblea que valoró que las reuniones previas no habían servido de nada más que para perder el tiempo, la huelga ya estaba declarada, y al levantarla las comisiones obreras dispuestas a recorrer las obras en menos de una hora consiguieron paralizarlas. Esta segunda fase se alargaría hasta julio, ya que escarmentados, la asamblea se apresura en proclamar que esta vez prescindirán en absoluto de la mediación del alcalde y del gobernador civil. La compañía, ya sin valedores, enrocada en la intransigencia amenaza, diría que animada de los mejores deseos de concordia, con suspender las obras indefinidamente por causas ajenas a la empresa. Por en medio, mayo trae la enconada huelga general de transportes, en solidaridad con dos descargadores de carbón en el muelle que fueron despedidos por no acudir al trabajo el primero de mayo; a principios de junio, la federación patronal clama con propósito patriótico por una absoluta vuelta a la normalidad en el desenvolvimiento de las industrias, ya que en las del ramo del transporte, la vidriería, ladrillería, metropolitano y otras persisten los paros. A mediados de julio, se anuncia que se ha rescindido el contrato que se tenía con la contratista bilbaína de las obras del metro, y a los pocos días se avisa que se empieza a reanudar el trabajo interrumpido desde el último día de marzo, y ya cerrando el mes la junta del sindicato da la huelga definitivamente finiquitada. Entonces sí se puede dar por zanjada, pues los goteos de reincorporaciones que la prensa a la mínima se cuidaba de ir difundiendo eran insuficientes para reemprender las obras, y se acababa porque la empresa del metropolitano había concedido las bases al completo que sostenía el comité de huelga, aunque siguiera, como proclamaba la nota obrera, negándose a tratar con el sindicato por amor propio. A lo grande, al poco, ese amor propio lo impondrá un general pacificador de Marruecos y neutralizador de la guerra social. Un golpe militar en septiembre apalancó los siete años venideros de la dictadura de Primo de Rivera que clausuró los sindicatos, censuró la prensa obrera, aplacó con jurados apañados o mano de hierro las huelgas y encerró a cuantos sindicalistas pudo.

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